La Ermita de la Sangre
Por eso nunca aparece en pinturas ni en dibujos. Cuando la fotografía empezó a popularizarse, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, la ermita ya no era más que un montón de piedras.
A la izquierda de la imagen, entre los caminos de la Fuente Cervera y la Cotá, los restos de la Ermita de la Sangre.
Restos de la Ermita de la Sangre, donde afloran algunas piedras dispersas de sus muros, desgastadas por el tiempo.
Camino de la Cotá. Frente a los restos de la antigua ermita, un pilón con un caño del que mana agua, posiblemente relacionado con la llamada Fuente de los Ojos.
Detrás de la antigua ermita, a unos doscientos metros, se encuentra la Fuente Cervera que ofrece agua fría en verano y templada en invierno.
Ermita de la Sangre imaginada con IA
Su planta era sencilla: un rectángulo de muros de mampostería, levantados con las piedras que los vecinos recogían del entorno. La fachada miraba hacia el camino de la Cotá, como si quisiera saludar a quienes pasaban. Una puerta de madera, oscura y gastada, daba acceso al interior. Sobre ella, quizá un pequeño óculo o una cruz de hierro, nada más. La ermita no buscaba adornos: buscaba ser útil.
Dentro, la luz entraba tamizada, creando un ambiente de penumbra tranquila. El suelo era de tierra apisonada o de lajas irregulares. En el fondo, un pequeño altar de obra, encalado, sostenía una imagen modesta de la Sangre de Cristo, tal vez una pintura popular o una talla sencilla. No había retablos dorados ni columnas barrocas: solo devoción rural, directa, sin artificio.
Los vecinos acudían a ella en días señalados, o simplemente cuando el camino les llevaba cerca. Algunos dejaban una vela; otros, una oración breve; otros se sentaban un momento a descansar, agradeciendo la sombra fresca que ofrecían sus muros. La ermita era un punto de pausa en la vida del pueblo, un lugar donde el tiempo parecía detenerse.
A su alrededor, el paisaje era un mosaico de caminos, olivares y fuentes. La Fuente Cervera murmuraba a pocos pasos, ofreciendo agua fría en verano y templada en invierno. Más cerca, la Fuente de los Ojos brotaba tímida entre la vegetación, guardando su secreto calizo. El camino de la Cotá cruzaba todo el entorno como una vena antigua, llevando y trayendo historias.
La ermita veía pasar generaciones. Veía a los niños correr, a los ancianos detenerse, a los mozos charlar junto a la fuente. Veía el polvo levantarse en verano y la escarcha cubrir el suelo en invierno. Y, poco a poco, también vio cómo el pueblo cambiaba, cómo las rutas se transformaban, cómo las devociones se desplazaban hacia otros lugares.
Un día, quizá sin que nadie lo notara, la puerta dejó de abrirse. El tejado empezó a ceder. La maleza avanzó. La ermita, que nunca había pedido atención, se fue apagando en silencio. Y así, con los años, quedó reducida a lo que hoy vemos: una base derruida, unos muros que apenas se adivinan, un recuerdo que se mezcla con la tierra.
Pero si uno se acerca despacio, si se detiene en el lugar donde estuvo la entrada, aún puede imaginarla. Aún puede sentir la sombra fresca, el olor a piedra húmeda, el murmullo de la Fuente Cervera, el paso lento de los caminantes. Aún puede escuchar, en el silencio, la historia de una ermita que nunca quiso ser grande, pero que seguro fue importante para quienes la conocieron.
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Autor: José Antonio D. Rodríguez Rodríguez
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(no es Email del Ayuntamiento)
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