Ante el incendio
Por Julio Escribano
Desterrado y develado
miro mi tierra sin tierra
y los árboles sin cielo:
negra ceniza que invade
la frontera de la muerte
con el luto del no-ser, en el color vacío.
En la rama del árbol
ha quedado prendido
el plumaje del pájaro
que abandona su tienda,
para soñar.
Las aguas han llenado de plomo sus entrañas.
¿Qué artilugio humano
o castigo divino
ha esculpido en los valles
las estatuas de sal?
Bajo el sudario
de la arena negra
late el latido secreto del bosque.
No todo es piedra,
no todo es luto en la ladera.
Una brizna de agua invisible
disuelve el mito de la sal cautiva.
El suelo herido busca la sutura
para una semilla que despierta viva.
Y el pájaro, al volver de su desvelo,
traerá en el pico
el brote del mañana:
un nuevo verde para alzar al cielo
una memoria que el milagro sana.
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