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La cabaña

Texto premiado en la categoría juvenil del V certamen de Relato Breve Villa de La Adrada.

Por Y. D.

Vivía en un pueblo como otro cualquiera, ni demasiado grande ni tampoco excesivamente pequeño, tenía un parque y niños que acudían él todas las tardes. Pero a sus afueras había una cabaña; cabaña en la que nos reuníamos todas las tardes, lloviese, hiciese mucho calor, nevase, siempre íbamos. Nuestros padres nos tenían repetido hasta la saciedad que a partir de ahí no podíamos alejarnos más. Pero siendo como éramos niños imprudentes y aventureros un día nos internamos en el bosque. No teníamos ni idea de el porqué esa prohibición pero pronto lo descubriríamos. Apenas llevábamos cien metros recorridos cuando escuchamos un grito, nos miramos y salimos corriendo de allí. En la cabañas dialogamos sobre la forma de saber lo que ocurrió. Al final fue Iker el más mayor, pero a la vez el más imprudente el que se decidió por preguntar a su abuelo:

– Abuelo, ¿qué pasó más allá de la cabaña? – dijo.

Este que apreciaba mucho a su nieto le desveló el secreto no sin antes hacerle prometer que nunca iría allí.

– Yo de joven también quedaba con mis amigos en vuestra cabaña, en aquel entonces había una mina en la que trabajaban nuestros padres, acompañados de canarios que les indicaba como estaba el aire. Un día la mina explotó con la mayoría de trabajadores dentro, entre ellos mi padre – en ese momento una lágrima le caía por la mejilla – y ahora se dice que se pueden oir sus gritos en la mina, donde aún permanecen algunos cadáveres sepultados bajo ella.

Nada más oír esto Iker volvió a la cabaña y nos contó todo. Nos miramos aterrorizados, pero él dijo que éramos unos cobardes y que alguno de ellos tendría que ir a comprobar si era cierto.

Lo echamos a suertes y le tocó a Mario, el más pequeño. Dijo que no lo haría, entonces Iker le amenazó con que si no lo hacia no volvería a pisar esta cabaña. Añadió que el mismo lo acompañaría para asegurarse de que entrase.

Cuando ambos estuvieron en la boca de la mina, este le suplicó y lloró, pero Iker impasible le obligó a entrar. Cuando entró se oyó un grito e Iker se fue abandonando a Mario a su suerte. Poco después los niños contaron esto a su padres. El padre de Mario sin dudarlo entró en la mina y se puso a buscarlo, oía varios gritos, pero lo único que le importaba en ese momento era su hijo. De repente vio una silueta, alumbró hacia ese lugar y vio a su hijo, manchado completamente de polvo y con alguna que otra herida, y a su lado una pareja de canarios que emitían un grito similar al de un humano. Mario esbozó una sonrisa y se desmayó.

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