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Por: Luis Jonás VEGAS VELASCO
“Te recuerdo Zarathustra; hace años subiste a la montaña arrastrando en tu mirada la ceniza de los valles. Ahora retornas a ellos con el fuego de la montaña en la mirada. Recuerda Zarathustra, a los incendiarios se les condena.”
Esta bien podría ser la sentencia inicial de cualquier movimiento o proceso revolucionario. Por el contrario, y sin caer en contradicción, de igual manera podría constituir el lema de algún proceso reaccionario. Sin embargo, y sin mermar un ápice su carácter de radiografía histórica, pertenece al discurso inicial, al génesis si nos atrevemos de “Así habló Zarathutra”, obra del genial Nietzsche. En ella, de forma magistral, y nos atreveríamos a decir que aún hoy sin parangón, se reproducen, definen y diagnostican, algunas de las que a la postre constituirá las mayores miserias de la Sociedad Moderna. Que se sepa, el miedo a sí mismos, manifestada en su falta de ética, y, por ende, la falta del mayor de los ejercicios de ella derivada, la libertad.
“¿Es más loco el loco, o aquél que le sigue?.” Cuestionaba en cierta ocasión un Catedrático de la USAL desde su estrado. “Señores, las grandes hazañas está siempre rubricadas por hombres que en un principio fueron tildados de locos”. Éste era el fin de su análisis. La conclusión, ¿Cuánto hace que no tenemos grandes hazañas.?
En la actualidad, el hombre ha renunciado al obligado cuestionamiento de la realidad en la que vive. Se ha sumergido en una vorágine en la que la verdad preconcebida, y la falta de necesidad racional lo impregnan todo. El resultado, se ha abandonado a sí mismo y a su concepción vitalista en la que era entendido como animal racional por Naturaleza, para pasar a ser un mero ente que acepta lo que su ambiente, su contexto, o lo que es peor, algunos semejantes, tienen a bien desvelarle.
¿El instrumento de ésta transformación?, el abandono del antaño obligado ejercicio de la práctica moral. El inexorable resultado, la aceptación y nuevo nacimiento de verdades absolutas. Y es que, la inapelable aceptación, no ya del contenido de algunas de esas verdades universales, sino por ontonomasia el mero hecho de que éstas existan, conllevan un claro rechazo a las básicas concepciones evolutivas alcanzadas. ¿O es que el hecho protagonizado por el Neandertal que se arrodilla ante el árbol que acaba de ser fulminado por el rayo, comprobando como se ha quemado la madera; es más primitivo que el comportamiento del hombre moderno que se arrodilla ahora ante ése otro trozo de madera. En esencia, ambos hechos son iguales, porque ambos encierran la esencia de la pregunta que el Hombre se ha formulado desde el principio de los tiempos, y en ambos casos la respuesta se formula bajo los términos más inhumanos que existen: amparados en unas supuestas verdades absolutas que se refuerzan en la negación del hombre desde el propio hombre, a través de su negligencia mayor, aquella derivada de su negación a usar la libertad.
Y es que, la verdad absoluta, en cualquiera de sus formas, lejos de satisfacer al hombre lo anula, ya que por definición, en su génesis no caben tales afirmaciones.
Luis Jonás VEGAS
La Adrada 2005

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