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Por Luis Jonás VEGAS VELASCO
“La Obligación de cualquier Político es desear gobernar, para ello ha de ampararse en el ejercicio político, que no se sino la habilidad que tienen los gobernantes para convencer al común de los mortales de que preocuparse de sus propios problemas es algo tan complicado que es mejor que les dejen a ellos hacérselo más fácil diciéndoles como han de vivir.”
El aforismo, directamente extraído de las memorias del Presidente de los Estados Unidos J.B. Franklin. De su contundencia y rigor no cabe la menor duda, si bien lo que más sorprende es su carácter atemporal, así, sea cual sea la época en la que se utilice, jamás dejará de tener vigencia.
Para cualquiera que siga el procedimiento temporal que está siguiendo la redacción de nuestros escritos, se habrá de suceder que la Política, entendido como el ejercicio sincero y manifiesto de la autoridad de unos sobre otros, es algo que se sigue co-substancialmente al desarrollo del capítulo anterior. Así, la Sociedad, y las consecuencias éticas pero sobre todo morales que para el Ser Humano individual se derivan de su concepción, hacen irrescindibles la adopción de una serie de medidas que pasan por la renuncia, formal y explícita de sus derechos y libertades, tan flagrantemente expresadas en su libre albedrío. A nadie se le escapa que un proceso antropológico de tamaña magnitud no puede originarse de forma voluntaria o mejor dicho consciente, esto es, el hombre no decide perder su libertad, sino que una serie de acontecimientos a priori aislados, tendrán, al valorarse en común, unas consecuencias nefastas a efectos de considerar al Ser Humano individual.
Así acontecimientos tales como la aparición de la Propiedad Privada, que trae aparejada la primera sensación realmente diferenciadora de la Historia, al servirse de elementos artificiales al propio hombre, es decir que se salen de lo propiamente orgánico, para separar a los individuos; unido a hechos directamente aparejables como son el auge de la figura de la familia, desencadenarán de manera ya irrevocable la sucesión de la cadena de acontecimientos que redundará en la consecución de la aparición del Estado, como piedra máxima que encierra en sí misma el fracaso del Ser Humano Individual, que no Individuo.
Así el Estado es el sumun en lo concerniente al desarrollo de las habilidades sociales. Representa la Renuncia Expresa del hombre a su concepción ulterior individualista para embarcarse, de común acuerdo con sus semejantes, en el proyecto común que es el desarrollo de pautas, en principio peculiares, pero que con el paso del tiempo se irán haciendo cada vez más genéricas, que redunden en el beneficio del común.
Sin embargo, a medida que avanzamos en el tiempo y en el progreso que en todas las concepciones humanas éste lleva aparejadas, la figura de Estado, y la de Política que le trasciende, se va pervirtiendo. Así, a la esencia de coordinación basada en la confianza puesta en una determinada persona, a lo que llamamos carisma, y que situamos a la base de lo que llamamos Política Moderna, le suceden una serie de acontecimientos que degeneran en lo que actualmente denominaremos cesión del Poder Común en pos de aquellos que, de nuevo utilizando elementos artificiales como la tenencia de dinero, o el desarrollo de magníficas campañas publicitarias, llamadas sutilmente Procesos Electorales, venden su carencia de carisma, y la suplen abiertamente con el público abuso de los excesos antes mencionados.
El Estado es el mayor logro del Ser Humano. Sólo tiene su concepción en la Vida Social Sana. Y se fundamenta en el sano ejercicio de la Política, entendida ésta como la puesta en marcha de procedimientos consensuados en pos de la obtención del bien común, que no sólo de la mayoría.
Cualquier otra concepción mal intencionada del término, cuando trata de camuflarse bajo otros como Democracia, que confunde bien común con bien de una mayoría, o incluso de Poder Autoritario, que otorga al Poder valor en sí mismo, alejándolo de su concepción original de instrumento, suponen vulgares degeneraciones del término original.
En definitiva, que ni la Política ni por supuesto los políticos alejen a cada individuo de su obligación moral última, velar por la salvaguarda activa del bienestar del común, sea cual sea la forma y la posición de cada uno de ellos en el escalafón social, recordando que cuanto más alta sea su posición en el mencionado escalafón, mayor habrá de ser su compromiso de servicio.
Luis Jonás VEGAS VELASCO
La Adrada, 2005

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