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Crónica de un admirador

Una vez más, allí estaba el pueblo fiel, religiosamente recogido por el lugar sagrado y, felizmente expectante ante el programa navideño, ansiado, que la Coral Camerata Cantabile, nos había anunciado. No faltaba nadie y eso, en ese lugar, hasta nos vino bien, pues tuvimos que apretarnos en los duros bancos, ante el frío que nos atenazaba.

A los pies del altar, una dualidad, un choque emocional que encogía el alma: el Nacimiento, la vida, el calor; al lado, la muerte, la cruz, el cuerpo divino desnudo y frío; tan próximos en un sinsentido circunstancial, tan juntos como en un abrazo, que angustiaba. Días de paz que presagiaba la cuna y días de muerte y sufrimiento, que simbolizaba la cruz.

Dentro, en la iglesia, sonaba “Noche de Paz” y, fuera, aunque lejos, se preparaban los cañones para masacrar inocentes. Dos pueblos, ajenos a nuestras tradiciones, guerrearán por un trozo de tierra, cuando hay tantos millones de personas, que no tienen un trozo de pan para vivir

“Noche de Paz” sonaba, mientras los ángeles rubios y regordetes que protegían el dorado altar, se descolgaron de sus columnas y revolotearon por encima de las gargantas que sublimaban aquellos instantes, transportando al pueblo fiel, a esas regiones donde manan ríos de leche y miel y el espíritu se convierte en dios. Que nos se acabe, gritaban nuestras almas. Pero, un armonioso eco, puso fin al éxtasis.

¿Quién es? Un ligero tintineo, acompañado de una suave brisa, descendió y se colocó frente al coro; empezó a mover sus brazos, que parecían alas y nuestros oídos escuchaban melodías que nos elevaban. Nadie tenía miedo a esas alturas. Cuando todos estábamos allí, volando sin alas, oímos embelesados una voz que nos invitaba a subir más, a elevarnos más y la seguimos.

Así, embelesados y transportados, contemplando directamente la luz de las estrellas, ¡qué delicioso lugar aquel!, cuando otra voz envolvió nuestras almas y la emoción hizo manar perlas de rocío, que suavemente brotaron, vidriando la luz que contemplábamos.

Los ángeles seguían revoloteando, dejando multicolores estelas fugaces. Nos habíamos olvidado de todo y pensábamos que aquel arrobamiento no tendría fin; pero, tropezó un ángel y, nos hizo ver al ángel descendido que ante el coro armonizaba aquellas voces. Estaba allí y movía sus alas con suavidad , con dulzura; su cara reflejaba lo que sentía: cariño, emoción.

Cuántos deseaban meterse en ese alma, para sentir su armonía, su cadencia, su ritmo, su eufonía. Aunar armonio, cuerdas y voces, es un privilegio que los ángeles blancos anhelan del ángel de Machín.

Regresamos descendiendo lentamente, cuando cerraban la cúpula de la iglesia y abrieron la puerta terrenal. Un frío gélido envolvió nuestro cuerpo y, un alma en pena nos arrojó de aquel paraíso. Ánimo a todos.

Un admirador

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