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Ocurre en una primaveral noche del mes de mayo, desde mi terraza contemplo el firmamento y siento un ligero aire fresco que obliga a ponerme una prenda de más abrigo. La hora se acerca, son casi las 10 de la noche y bajo un inmenso cielo estrellado disfruto de una vista privilegiada de La Adrada que me invita a contemplar como en otras ocasiones, el inicio de la iluminación del castillo.
Mi equipo de sonido lleva reproduciendo desde hace más de media hora un CD con una selección de piezas de música clásica. La música es la música y la noche es la noche, y con la conjunción de ambas se puede llegar a crear una atmósfera misteriosa, fácil de sentir pero difícil de explicar. Y así da comienzo la iluminación.

La casualidad hace que suene en esos momentos Canon de Pachelbel, y lo que en un principio iba a ser una simple observación como tantas otras, se convierte de manera asombrosa en un inesperado espectáculo de color.
Del monumental castillo surge una tenue luz que, comenzando con una tonalidad verde azulada, que recuerda aquellas imágenes fosforescentes que alguna vez tuvimos cuando niños en la mesilla de nuestra habitación, progresivamente recorre toda la gama cromática que la temperatura de color del sistema de alumbrado proporciona hasta alcanzar su total intensidad.
Es solo una cautivante sensación, corta pero muy emotiva, que quiero reflejar en este escrito por si alguno de vosotros, o alguna de vosotras, la quiere experimentar.
J.A.

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