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Comentario: La iluminación del Castillo y el Canon de Pachelbel

La Adrada.Net – 21/05/2004

Ocurre en una noche primaveral del mes de mayo. Desde mi terraza, contemplo el firmamento y siento una ligera brisa fresca que me obliga a ponerme una prenda más abrigada. La hora se acerca: son casi las 10 de la noche y, bajo un inmenso cielo estrellado, disfruto de una vista privilegiada de La Adrada, que me invita a contemplar, como en otras ocasiones, el inicio de la iluminación del castillo.

A través de un aparato de sonido, llevo más de media hora escuchando una selección de piezas de música clásica. La música es la música y la noche es la noche, y la conjunción de ambas puede crear una atmósfera misteriosa, fácil de sentir pero difícil de explicar. Y así da comienzo la iluminación.

La casualidad hace que, en ese preciso momento, suene el Canon de Pachelbel, y lo que en un principio iba a ser una simple observación, se transforma asombrosamente en un inesperado espectáculo de color.

Desde la imponente silueta del castillo, emerge una tenue luminiscencia. Primero, un resplandor verde azulado, evocador de aquellas figuras fosforescentes de los despertadores que, en nuestra infancia, iluminaban suavemente las noches desde la mesilla. Poco a poco, la luz se expande, recorriendo toda la gama cromática, deteniéndose por unos instantes en cálidas tonalidades naranjas antes de alcanzar su máximo esplendor, cuando la temperatura del sistema de alumbrado logra desplegar toda su intensidad.
Un destello de belleza que deseo plasmar en estas líneas, por si alguien más, algún día decide mirar, contemplar… y sentir.

J. A. 

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