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Nombre de la población

La Adrada, “apartada” o “alejada” de otros núcleos de población.

Fuente: Documentos para la Historia del Valle del Tiétar (Dra. Dña Mª Jesús Torquemada Sánchez y el Dr. D. Gonzalo Cerrillo Cruz)

El Diccionario de la Real Academia otorga al vocablo la significación de «arredrada», «apartada» o alejada de otros núcleos de población. Según otra teoría que circula popularmente, La Adrada procedería de «la yedrada», por haber sido en este lugar muy abundante este tipo de vegetación. Una tercera hipótesis es la señalada por Pedro Anta, para quien ese nombre tendría su origen en el árabe «ad rada».

Sea como fuere, lo cierto es que en el siglo XIII el pueblo que hoy conocemos como La Adrada ya existía como aldea de Ávila con el mismo nombre. Los datos más antiguos de La Adrada fielmente constatados hay que remontarlos a la Edad Media. Antes es posible que su territorio haya estado habitado por los primeros colonizadores de la Península. En ese sentido, Grande Martín afirma que el castillo de La Adrada en su origen fue romano, si es que no hubo allí un castro celtíbero anterior.

 

La Adrada, forma sincopada de “arredrada”(salteada o retirada).

Por gentileza de Javier Cabezaolías Pindado

Etimológicamente parece provenir del árabe “dâr” (dar vueltas, circular) o “dáur” que significa `turno´ o `vez´ en el mismo sentido de “adra” o contribución que se reparte entre un vecindario para “adrar” o repartir las aguas de riego.

 

Semblanza histórica de La Adrada

Por gentileza de José María Santamaría García (Licenciado en Geografía e Historia)

El nombre de la población es objeto de controversia. Algunos (como Oliver Asín) afirman que procede del nombre de una tribu beréber, para otros es una derivación de “apartada o arredrada”.(*)

En cualquier caso, se han detectado diversos vestigios romanos (como el puente Mocha sobre el Tiétar) y se especula con la posibilidad de un asentamiento celta en el cerro del castillo.

La primera cita fiable a La Adrada corresponde a 1274, cuando el concejo de Ávila le concede “en precario” (es decir reservándose una posible devolución) la inmensa dehesa de la Avellaneda (cuya extensión abarcaba gran parte del futuro señorío) en aras de una mejor repoblación.

En 1393 su primer señor, López Dávalos, logra su secesión de Ávila, convirtiéndola en villa y capital de un extenso señorío que comprendía Sotillo de la Adrada, La Iglesuela, Piedralaves, Casavieja, Fresnedillas y Casillas. En este periodo las tierras de la Adrada fueron repobladas al parecer por gentes oriundas de Estrada (Galicia) y Cinco Villas (Navarra).

En el s. XV, tras un corto periodo en manos de Álvaro de Luna, el señorío pasaría a manos de D. Beltrán de la Cueva. El segundo hijo de éste, D. Antonio de la Cueva fundará el marquesado de La Adrada. El V marqués de la Adrada, Juan de la Cerda (1604- 77) llegaría a virrey de Méjico.

 Nombre de la población  Nombre de la población  Nombre de la población
Puente Mocha
Ruy López Dávalos. Álvaro de Luna
 Nombre de la población  Nombre de la población
Hospital de viajeros Beltrán de la Cueva

Con la obtención del título de villa, La Adrada obtiene la facultad de celebrar un mercado semanal y la feria anual de Todos los Santos (en los primeros quince días de Noviembre). En esta, según testimonios de la época, se traficaba, entre otros géneros, con tejidos, ganados, armas, vinos, pieles, esclavos, etc.

En el s. XVI la vida corriente de las gentes se impregna de un fuerte sello religioso. Entre las numerosas cofradías destaca por su espectacularidad la de la Sangre (fundada en 1555). El Jueves Santo a lo largo de dos kilómetros – con inicio y final en la iglesia y escala en la desaparecida ermita de la Sangre- dos filas de nazarenos se azotaban la espalda descubierta hasta teñirla de rojo con una cuerda trenzada de esparto y ensartada de puntas de hierro.

En 1627 se inicia un tortuoso pleito entre Ávila y el señorío de La Adrada. Aquella reclama la restitución de la dehesa de la Avellaneda, pero los regidores y vecinos de La Adrada se acogen al “Santa Rita, Rita…”, encarcelando a sendos jueces reales (Rodrigo Martín y Antonio Flores) que pretendieron sucesivamente ejecutar el auto judicial que daba la razón a los abulenses.

Al fin, tras 23 años de pleitos, ambos concejos fuman la pipa de la paz en 1651, año en que se firma una escritura de Concordia. Los pueblos del señorío se quedan con la Avellaneda a cambio del pago a Ávila de dos censos (préstamos a muy largo plazo): El último no se extinguió hasta 1970, año en que todavía se apoquinaban 150 pesetas anuales.

Así llegamos al s. XVIII: El catastro de Ensenada recoge la proliferación de numerosos molinos harineros (hasta nueve en el s. XIX), casi todos ellos en la garganta de Santa María, excepto dos enclavados a orillas del río Tiétar. Había además una almazara y un batán.

Singular era también la existencia de un hospital para viajeros pobres y vagabundos que proporcionaba 12 reales a los pobres de solemnidad cuando caían enfermos. Se trata al parecer de la antigua Casa de los Jerónimos (calle Larga, 1, esq. con la Plaza Mayor), desde la cual los monjes del Escorial explotaron sendos molinos de papel en el municipio entre 1721 y 1830. La producción alcanzó su cénit a finales del s. XVIII (40600 resmas) y el género de mayor calidad se destinó a imprimir bulas de la Santa Cruzada de Toledo’ (privilegios para que los fieles pudieran comer carne en cuaresma a cambio de un donativo).

Vamos a acabar esta semblanza histórica aludiendo a dos personajes casi olvidados cuyo paso por la población no puede ser omitido. En primer lugar, el que fuera largos años párroco de nuestra villa, D. Tomás de Montes y Corral (1678-1744), natural de Medina de Rioseco (Valladolid). Doctor en Teología, participó como académico en la redacción del primer “Diccionario de Autoridades” (1724) de la Real Academia Española. Murió en Casavieja en 1744 entre terribles tormentos, a causa de la mordedura de un perro infectado de rabia.

El toque lírico nos lo brinda el poeta León Felipe que durante un año (1918) ejerció aquí de boticario, antes de marchar a otros destinos, llevado por las deudas y por su carácter inquieto y errabundo. Durante su estancia escribió al menos un par de poemas relacionados con su entorno, uno inacabado, en el que describe una tarde de toros en Sotillo y este en el que alude indirectamente a La Adrada (y que transcribimos parcialmente):

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