Hay cosas que deberían ser intocables y una de ellas es el paisaje natural.
Hace más de quince años, cuando en la ladera de la montaña se levantó la urbanización La Solana, se impidió que la voracidad constructora siguiera ascendiendo por la pendiente, con la intención, pienso yo, de no dañar más ni el paisaje, ni el hermoso patrimonio forestal que dispone la villa de La Adrada.

Por eso, quince años después, sorprende divisar en ese mismo sitio, una grúa que se yergue desafiante y triunfal a la entrada del bosque. Otro lugar del pueblo donde va a desaparecer sin más, la vegetación, para dar paso posiblemente a varias hileras de pisos bajos, ahora llamados (o mal llamados) “chalets adosados”.


Defender el entorno natural, es una parte muy importante de nuestra cultura, la de ahora, pero también la del futuro, y excavar en la montaña para construir, aunque se haga legalmente, puede ser consecuencia de una idea aberrante, posiblemente fruto del pensamiento de alcaldes que creen que los recursos del municipio van a mejorar ostensiblemente si el número de viviendas construidas se duplica cada año, y de la insensatez supina que propicia el urbanismo desaforado, que en el caso de La Adrada, con toda una indeseable secuela de impactos visuales y ambientales, parece desbordar su infraestructura municipal, dando la impresión que ya está alcanzando unos niveles de saturación difíciles de gestionar de una manera eficiente, sostenible y saludable. Por citar dos simples ejemplos, pensemos en los recursos de agua potable y el tratamiento de las aguas residuales.
Bueno…, que le vamos a hacer, si queremos seguir disfrutando del paisaje de esta montaña, simplemente tendremos que alzar un poco más nuestra mirada.


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