Por Carmen García Gabriel (14 de febrero de 2003)

San Blas

Hacía ya años, muchos años, que no disfrutaba de las Fiestas de San Blas en La Adrada. Este año, por fin, he podido ver con mis propios ojos que lo que me decían mis padres era verdad: estas fiestas son hermosísimas y están marcadas por la tradición.

Se empezó ya a notar el ambiente de fiesta en el pueblo el domingo día 2 por la noche a eso de las once, con unos preciosos fuegos artificiales que se hicieron al lado del castillo. No solamente la espectacularidad de los fuegos, sino la iluminación que éstos otorgaban al castillo, era ya de por sí digno de ver. Se veía el castillo a fogonazos en medio de la oscuridad: unas veces rojo, otras veces azul, otras veces multicolor, siempre arropado por palmeras y fuentes de luz. Fue un fenomenal comienzo de las fiestas.

El lunes amaneció hermosísimo, soleado, festivo como debía. Comenzó la Misa en honor al Santo puntualmente. La Iglesia, abarrotada hasta los topes. Mucha gente acudía con cintas y pañuelos para pasarlos por el Santo y conseguir así, según la creencia, alivio para los males de garganta. Entre los fieles, Lina Morgan, que no deja de acudir a la misa del Santo Patrón desde hace ya años.

Muchos cohetes a la salida del Santo para comenzar la procesión, cohetes que los mayordomos tiran en su honor. Olor a pólvora, estruendo, regocijo. Los niños pequeños se tapaban los oídos por el ruido; los más mayores han tirado este año quizá el primer cohete ayudados por sus padres. El sol acompañó la procesión durante todo el trayecto y a su término acudimos todos a la Plaza a degustar los típicos bollos y rosquillas, expuestos en largas mesas bajo una carpa que cubría casi toda la Plaza y que el lunes sirvió para darnos sombra, y no para cobijarnos del la lluvia como probablemente estaba previsto.

También este año se celebró la tradicional comida que organiza la asociación de jubilados de la Villa de La Adrada. Con asistencia del alcalde y otros miembros del Ayuntamiento, disfrutaron de una excelente comida en La Cabaña. Allí se quedaron, como dijeron algunos, “hasta que tocaron la jota”, ya que después de comer se organizó un baile en los salones del local, donde los jubilados y demás acompañantes pasaron un buen rato.

El día de Santa Águeda se veía a mucha gente por el pueblo armada con docenas de huevos y kilos de harina. Celebraban la llamada “tizne”, que a mi parecer debería hoy llamarse “harinada”; unos a otros se tiran huevos, harina, globos con agua, y alguno que otro tizna aún con corcho quemado o patatas tiznadas. Había bombardeos por todo el pueblo, pero sobre todo en la Plaza. Si hubiera sido verano, en el suelo o en la cabeza de alguno se hubiera hecho una enorme tortilla porque estaba todo repleto de huevos, el suelo resbaladizo y blanco de la harina. Todo el mundo disfrutó pero quizá más que nadie los niños, pues el enguarrinarse de esa manera no está siempre tan bien visto, así que se aprovecharon.

Eso sí, después todo el mundo a casa a ducharse, pues había que disfrazarse para el carnaval de por la tarde.

Empezó el desfile a las seis en la puerta de la iglesia. Pienso que todo el pueblo fue a ver el desfile porque las calles estaban repletas de gente. Había disfraces de todas clases: niños vestidos de fichas de dominó, de señales de tráfico, de lápices, de pitufos, de policía, de dinosaurios… y adultos reflejando el drama gallego del chapapote, algunos en tanga parodiando “Crónicas Marcianas”, hippies con coche incluido, trajes de fantasía, de pajaritas… Disfraces muy elaborados y espectaculares, divertidos y críticos, y muchas situaciones insólitas como cuando vi a a una señora disfrazada de Caperucita Roja fumándose un porro “de mentirijillas” con uno de los hippies, o a un niño disfrazado de gato dando la mano a otro disfrazado de ratón. Durante el desfile me tropecé con presidiarios, dragones, corsarios, monjes, osos, caperucitas, mariposas… y todos juntos fuimos a la Plaza donde tenía lugar el concurso de disfraces. Creo que ganaron los hippies y las señales de tráfico, pero no estoy segura porque no le di mucha importancia. Para mí, más importante que saber quiénes eran los ganadores, era observar el buen ambiente que había en La Adrada. En la Plaza se organizó un baile donde todos disfrutamos del final de las Fiestas con la sensación de que, como siempre, se nos habían hecho muy cortas.

Quisiera, ya para finalizar, felicitar a toda la gente de La Adrada por participar en las Fiestas con tan buen talante y al Ayuntamiento por la buena organización.

Y termino como he empezado: estas son unas Fiestas llenas de tradición a las que recomiendo asistir.

Share on Facebook0Share on Google+0Tweet about this on Twitter0Email this to someone