Artículo de Jesús F. Hernando, publicado en el libro de Fiestas de La Adrada de 1.999

Fotografía: Jesús Martínez Domínguez

Conocí a Martín, “mi Personaje”, hace tres años. Invariablemente se movía en un área reducida de la calle principal; nunca muy alejado del café donde tenía mis diarias tertulias. A este café acudía también él, ocupando una mesa muy discretamente alejada de la nuestra, evidenciando que no quería ser inoportuno, aunque desde su mesa, separada solo pocos metros de la nuestra, le permitía enterarse de todo lo que hablábamos, si es que ello le impeliese curiosidad.

Estaba pendiente de quien entraba y salía del bar, quien llegaba al pueblo cada vez que aparecía el Autobús que nos comunicaba con la gran ciudad. Conocía a casi todos, y casi todos le conocían a el; teniendo hacia su persona un gesto o una palabra cordial, que él agradecía con evidente satisfacción. Sabía con toda precisión los horarios de los Autobuses que tenían su parada precisamente delante del Bar de nuestras tertulias. Las salida y llegadas constituían para él un extraordinario placer que no disimulaba. Era un poco el vigía y el “anunciador”, de quien llegaba y quien salía, sintiéndose protagonista de este acontecimiento.

Al interesarme su persona, me dispuse a ganar su confianza en un lento proceso de acercamiento. Con frecuencia este tipo de personas solitarias son suspicaces y desconfiadas aunque de manera instintiva. Una cosa es el trato superficial que se le dispense con un saludo, aunque este sea afectuoso, y otra muy distinta ganar su confianza, si no para obtener sus confidencias, sí al menos para ir profundizando en su personalidad, por otro lado bastante simple y elemental.

Fotografía: Jesús Martínez Domínguez

El método utilizado para ganarla, fue en primer lugar, prestar atención a cuanto decía y hacía, aunque solo fuesen incoherencias e inocentes relatos. He tratado de invitarle a café en numerosas ocasiones sin que nunca aceptara mi invitación, hasta que descubrí un pequeño resquicio por donde introducirme en su pequeño mundo.

“Personaje” es fumador empedernido, de los que tienen los dedos pulgar, índice y corazón teñidos de ese amarillo-ocre tan parecido al color de las hojas de los árboles en otoño, cuando muertas caen y son barridas por el viento.

Observé con que fruición tomaba el cigarrillo que frecuentemente le ofrecía mi amigo y contertuliano. Entonces me miraba con gesto triunfante, de suficiencia, casi con arrogancia, como diciendo “éste es mi amigo que siempre me da cigarrillos” (Y dirigiéndose a mí) “En cambio tu, nunca me das nada”. Esta es la lectura que hice de su gesto. Le dije, si yo no te doy cigarrillos es porque no fumo, pero te prometo un paquete de tabaco. Me miró con indiferencia y se fue en silencio.

Al día siguiente, haciendo unas compras en el supermercado, al pagar en caja, repentinamente acudió a mi memoria la promesa que le hiciera de un paquete de tabaco, incluyendo en mi compra un regalo para “Personaje”. Aunque en este caso fueran diez paquetes lo que le regalaría, es decir el contenido de lo que se llama un cartón. Quise dar cumplimiento a mi promesa, con cierta generosidad. Tan solo me faltaba para entregárselo encontrarlo sin testigos en un encuentro personal.

Reunidos en tertulia, como lo hacemos habitualmente, y cuanto más enfrascados estábamos en nuestros temas favoritos, irrumpió en la reunión, interrumpiendo la conversación, algo inusual en nuestro “Personaje”. Llevaba bajo el brazo el cartón de tabaco todavía sin abrir. Estoy seguro que habría recurrido a cualquier otro procedimiento para fumarse un cigarrillo, antes de abrir el cartón.

Experimentaba un infantil placer en esgrimir triunfalmente su cartón de tabaco. Era muy importante para él. Decía a todo el que quería escucharle: “¡Me lo ha regalado un amigo. Tengo un amigo que me ha regalado tabaco…!Se alejó de mi, dejándome con el deseo de hacerle alguna pregunta, que seguramente no me contestaría. Diríase que su dosis de conversación de cada día estaba agotada.

Hoy ganada su confianza y cierta fidelidad, probablemente aceptaría todas las preguntas que quisiera hacerle.. Pero todas quedarían sin respuesta. Yo mismo no encuentro respuestas a tantas.

Tras un trato mas frecuente con “Personaje”, he llegado a la conclusión que su memoria es escasa, aunque tenga algún comportamiento o hábitos de adulto. Con barba cerrada y absolutamente blanca, es difícil calcularle su edad, siendo de esos casos de indefinición que lo mismo podría tener 60 que 70 o mas años. Va pulcramente vestido, aunque con visible humildad. Destaca en su indumentaria una gorrilla que alguna vez fue negra, pero que ahora mas parece por lo desvaído, el negro del ala de una mosca. Le falta ese rabito que todas las boinas tienen en su parte central y que con frecuencia, y como consecuencia de una broma son “capadas”. Nunca, ni siquiera en verano le he visto sin su gorrilla, de tal manera que no sé si tiene pelo o no lo tiene. Supongo que en la iglesia se descubrirá, pues me dicen que es muy devoto, aunque un tanto anticlerical. Completando esta descripción (vendrán otras), he de decir que es extraordinariamente tímido, de manera especial con las mujeres.

Pero volviendo a la descripción de mi amigo, (porque ya merecí tal consideración de su parte), son sus manos nervudas, resecas y curtidas en las que solo se advierten huesos y piel, y que cuando las ofrece para un saludo, jamás aprieta, no sé si por falta de costumbre o falta de vigor, o tal vez por timidez.

Con frecuencia luce una barba de varios días, yo creo que no sabe afeitarse el mismo, y que va a la barbería una o dos veces por semana, como se hacía antiguamente; que solo se afeitaban los sábados, con lo que ese día se llenaban las barberías, hasta tener en ellas las tertulias. Era un lugar de encuentro.

En su rostro, mas parecido al de un pájaro, cuando es polluelo crecido, pero incapaz de volar, destacan altos y huesudos pómulos. La orejas grandes y separadas adquieren apariencia de alas, siendo tan transparentes que se oscurecen cuando lleva las manos a ellas lo que hace como acto reflejo con cierta frecuencia.

Alguna vez le he visto enfermo, y su indiferencia a la enfermedad, me hace sospechar que no teme a la muerte. Se nota, tampoco teme a la vida, o lo que esta representa, y esto es algo que también se nota. Cuando le llegue la primera, seguramente la recibirá con su habitual sonrisa, o con indiferencia; o tal vez en algún lugar de su cerebro, o de su alma, se produzca un destello de alegría y lucidez, ante lo que posiblemente sea en el, más que en otros, la liberación. Seguramente cuando vaya al café en donde le conocí, dirigiré inconscientemente la mirada a la mesa que él siempre ocupaba y desde la que vigilaba las llegadas y salidas de los autobuses.

Me parecerá verle saludar con cordialidad y entusiasmo a conocidos y desconocidos. El saludaba a todos, y de todos era correspondido. Es este Personaje una institución del que todos hemos aprendido un poco. Hemos recibido lecciones de humildad. También hemos aprendido que se puede amar a los semejantes.

Siempre pensaré que su paso por aquí, ha sido absolutamente útil, al menos para mi.

Jesús F. Hernando

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