La Feria de Los Santos en La Adrada

Por Pablo Caamaño Gabriel
Publicado en El Periódico del Tiétar (Nov-Dic 2011)

Hace algunos años escribí un extenso poema que le titulaba, La feria de los Santos, y empezaba así:

Es la feria de los Santos,
ni sombra de lo que era,
este ávido progreso,
que tantas cosas se lleva,
que tantas cosas devora,
también devoró a la feria.

De la feria de los Santos
¿Qué adradense no se acuerda?
¡Ay la feria de los Santos!
¡Quien pudiera! ¡Quien pudiera!
¡Retornar a la niñez
y que la feria volviera!.

Pues bien: Ni yo he podido retornar a la niñez ni la feria de los Santos ha vuelto a ser lo que era, por mucho que las distintas corporaciones municipales del Ayuntamiento de La Adrada, se han esforzado en recuperarla, incentivando con premios al mejor toro, al mejor caballo, al mejor carnero, al mejor macho cabrío…Porque la feria de los Santos era más que todo eso.

Cuando yo la conocí,
ya estaba en decadencia,
pero todavía había,
cuatro o cinco días de feria.

Cinco días consecutivos,
que La Adrada estaba llena,
de una gente variopinta,
metidas en compra y venta,
todas las casas posadas,
y todas las calles tiendas
.

Mi padre, que afortunadamente para mí, era muy dado en contar historias a mis hermanos y a mí, nos contaba que él la conoció cuando duraba quince días y que era grandiosa. Pues bien, dejando a un lado la feria de los Santos que conoció mi padre, voy a intentar narrar aquí la feria de los Santos que conocí yo, y lo que quedó grabado en mi mente, que fue mucho, y esta vez voy a hacerlo en prosa, aunque algunas veces no pueda resistirme a la tentación de mezclar algunos retazos de aquel poema.

Allí se vendía de todo,
desde serones a esteras,
desde cordeles a sogas,
desde enjalmas a aguaderas.

Se le compraba las mantas,
a las mozas casaderas,
las abarcas al zagal,
a la niña la muñeca,
las alforjas para todos,
para llevar la merienda,
la albarda para el borrico,
el cabezal a la yegua…
las trébedes, los morillos,
platos, sartenes, cazuelas…

Y al niño que era llorón,
y armaba una pataleta,
un caballo de cartón,
que costaba una peseta.
Para el hombre de la casa,
la navaja cabritera,
la boina y la petaca,
y a veces la faja nueva.
Todo esto y mucho más
podía comprarse en la feria


Y la mujer de la casa,
-la sufridora perpetua-
si después de hacer la compra,
la sobraba una peseta,
pues se compraba un dedal,
o tal vez una bayeta.
Si no era así, se esperaba,
a la feria venidera
.

Para comenzar empezaremos por decir, que La Adrada era mucho más pequeña de lo que es hoy, y que la carretera que parte en dos la gran planicie que era la Nava no existía. Ni existía el parque de la Yedra, ni el de Rodríguez de la Fuente, ni el parque ni la fuente ni la plaza del Riñón, ni las casas baratas, ni las casas de los maestros…

Por tanto la Nava era una extensa pradera, capaz de acoger a varios cientos de reses de ganado vacuno. Además también se utilizaba para ese fin el prado que llamaban de Quintana, que hoy también está edificado de chalets.

La pradera de la Nava solo se utilizaba para el ganado vacuno, y un poco más cerca del pueblo separados por una línea imaginaria las bestias de carga (juntos pero no revueltos).

En lo que es Plaza del Riñón,
colocaban a las bestias,
burros caballos y mulas,
y toda clase de acémilas,
toros terneros y vacas,
en lo que es parque de la Yedra.

Llevaban al torrejón,
las cabras y las ovejas,
y en la feria de los Santos,
como era una feria seria;
allí no tenían cabida,
ni los cerdos ni las cerdas.

Efectivamente, así era, no he conocido a nadie que tenga ni la más remota idea, de que en la feria de los Santos se hayan vendido nunca cerdos.

Y ya que en estos retazos de mi viejo poema, hemos mentado al Torrejón, aclararemos para el que no lo sepa, que el Torrejón son los aledaños del castillo, y aunque por entonces ya existían algunas casas en el Torrejón, eran muy pocas, y como entonces no existían ni los dos depósitos de agua, ni los dos parquecillos que hay ahora, en el Torrejón había suficiente espacio para varios rebaños de ovejas y de cabras y allí las llevaban, y allí se hacían los tratos.

Y ya que empezamos a hablar de tratos diremos: Que los tratos eran la salsa de la feria. Pero prefiero copiar de mi viejo poema.

Los testigos en los tratos,
tenían libertad plena,
para hacer de mediadores,
si el caso lo requiriera,
y si ustedes no se cansan,
y se arman de paciencia,
voy a contarles un trato,
que se hizo en mi presencia.

Era una yegua alazana,
que el amo ponía en venta,
y el comprador le pregunta,
que cuanto quiere por ella.
Responde que diez mil reales,
¿pesetas? dos mil quinientas.

Le contesta que eso es mucho
, y que se quede con ella.
–Te rebajaré mil reales,
si la yegua te interesa-
-Tendrás que quitar tres mil,
si es que deseas venderla—
Que la yegua es una joya,
y pare esta primavera—
Y no podré trabajarla,
hasta que el potrillo crezca,
así que si no rebajas,
te quedas tú con la yegua—
No te rebajo ni un duro,
ni tampoco una peseta-
El vendedor que no cede,
el comprador regatea,
y entre un estira y encoge,
entre un afloja y aprieta,
comprador y vendedor,
parece que se pelean.

Cuando parece que el trato,
se va a ir a hacer puñetas,
aparece el mediador,
que es un testigo que observa,
y pide que se serenen,
y partan la diferencia.
Los dos responden que no,
meneando la cabeza.
Pero el mediador insiste,
pidiéndoles que se entiendan.

Y ya los dos frente a frente,
se ofrecen su mano abierta,
y con un fuerte apretón,
por fin el trato se cierra.
Y la yegua fue vendida,
en solo dos mil pesetas,
y parece que ambas partes
quedaron muy satisfechas.
Y después el alboroque,
y todos a la taberna.
Que eran los tratos la salsa,
y la esencia de la feria.

Y hablando de tratos no podemos olvidarnos de los gitanos que acudían masivamente a la feria de los Santos, y que alegraban con su presencia el ambiente de la feria. Hoy a los nietos y a los biznietos de aquellos gitanos, el progreso les ha empujado a dedicarse a otros trabajos. Y cuando los veo vendiendo ropa o fruta en el mercadillo, no puedo por menos de acordarme de sus antepasados, que quizás muchos de ellos estuvieron en la feria de los Santos. Vaya para todos ellos un cariñoso recuerdo con estos versos de mi viejo poema.

Llegaban de todas partes,
gitanos de tez morena,
con sus numerosas proles,
y con sus casas a cuestas.
Los pequeños churumbeles,
subidos sobre las bestias,
mezclados con sus enseres,
y todas sus colchonetas.

Se dedicaban al trato,
de cambio de compra y venta,
porque en esos menesteres,
eran gente muy experta,
y capaces de vender,
hasta una borrica tuerta.

Se mezclaban con los payos,
a beber en la taberna,
y aunque hubiera discusiones,
procuraban no armar gresca,
porque la guardia civil,
vigilaba muy de cerca.

Se alojaban en pajares,
porque eran gente modesta,
y dormir en un pajar,
muy poco dinero cuesta.
Por el pueblo pululaban,
todas las gitanas viejas,
que con la buena ventura,
sacaban unas pesetas.

Efectivamente, también era digno de ver en la feria a las gitanas mayores, que casi todas llevaban una enorme faltriquera, para guardar todo lo que fuese necesario, y unas grandes tijeras, que llevaban colgando y atadas a una cinta, también para lo que fuese necesario.

Las gitanas jóvenes se dejaban ver muy poco, seguramente por recato, y cuando lo hacían siempre iban en grupo y acompañadas de las gitanas mayores y a nosotros nos parecían todas muy guapas con esos caracoles que se hacían en el pelo.

Pero demos este apartado por terminado y prosigamos con otra cosa, porque aún hay mucho que contar de la feria y nos vamos quedando sin espacio para ello.

Nos vamos a trasladar a la plaza de la Villa que es donde mas colorido tomaba la Feria de los santos.

La plaza un hervidero,
de una gente muy diversa,
y dispuestos a engañar,
a todo aquel que pudieran.

Algunos con un pelaje,
que se notaba a la legua,
que esa gente no tenía,
mucho pan en la panera.
Pero en cambio si tenían,
despejada la cabeza,
las manos habilidosas,
y poquísima vergüenza.
Se hospedaban en las casas,
y engañaban a las dueñas,
marchándose sin pagar,
valiéndose de mil tretas,
saltaban por la ventana,
si ella esperaba a la puerta,
con la sonrisa en los labios,
y en la mano la maleta,
haciendo un corte de manga,
y diciendo: “Hasta la vuelta”

Efectivamente, se dio el caso de que uno de estos “buscavidas” engañó a la misma mujer dos años seguidos. El primer año se fue sin pagar, y al año siguiente tuvo la caradura de volver a la misma casa a buscar alojamiento, la mujer le reconoció y le puso de sinvergüenza que no había por donde cogerle.

El trotamundos aguantó estoicamente el chaparrón, y cuando la mujer estuvo calmada le dijo: “Lleva usted toda la razón del mundo pero este año le voy a pagar todo” La mujer le creyó y le dio alojamiento, y estuvo pendiente de que no sacase la maleta en la cual no llevaba nada mas que los utensilios de sus trucos y cuatro pingajos.

Cuando el truhán dio por terminada su estancia en la feria y fue a recoger su maleta para marcharse, le dijo a la mujer: “espere un momento que voy a recoger mis cosas y ahora la pago. Además le pagaré lo del año pasado y le daré una propina, porque este año se me ha dado muy bien la feria” .

La mujer esperó, esperó y esperó, y cuando vio que el hombre no bajaba, subió a ver que pasaba y el pájaro había volado. Había saltado por una ventana de más de tres metros de altura dejándola con tres palmos de narices.

Eran todos esos tipos,
buenos pájaros de cuenta,
jugadores de ventaja,
que engañaban a cualquiera,
que tuviese algún dinero
y a jugar se decidiera.
El juego de las tres cartas,
el del cordel o la cuerda,
el pirulí y la bola,
el probadero de fuerza,
o el caimán americano,
eran muchas de sus tretas.

Vagabundos y truhanes,
y otras escogidas perlas,
mujeres de vida alegre,
con chulos o proxenetas…
En la escala superior,
mas con poca diferencia,
las mujeres de las rifas,
como matronas obesas,
con su rueda numerada,
en lo alto de una mesa,
que la hacían de girar,
como si fuera una rueca,
y decían:”siempre toca,
no seas cobarde y juega”
y era vedad que tocaba,
pero casi siempre a ellas.
En el centro de la plaza,
con su vieja furgoneta,
los vendedores de mantas,
hombres de lengua muy suelta,
magníficos oradores,
maestros de la elocuencia,
charlatanes incansables,
que embobaban a la audiencia.

Ofrecían su mercancía,
haciendo siempre una oferta,
con lotes de cuatro o cinco,
por unas pocas pesetas,
unas eran regulares,
y las otra menos buenas,
pero la gente compraba,
y se iba tan contenta.

Vendedores ambulantes,
con collares y pulseras,
y sortijas de hojalata,
que las chicas quinceañeras,
compraban para lucirlas,
y así parecer mas bellas.

El hombre de los barquillos,
la charlatana churrera,
y otros muchos comerciantes,
con honradez y decencia,
porque personas decentes,
también había en la feria.

Los puesto de tostoneros,
que sobre una larga mesa,
colocaban los tostones,
los cacahuetes y almendras,
junto con los caramelos,
con sabor a menta y fresa.

Tengo que hacer una aclaración, y es que llamábamos tostones a los garbanzos tostados, y tostoneros a los vendedores de todos esos productos.

Venían todos los años a la Feria de los Santos con sus tartanas tiradas por mulas desde un pueblo de la provincia de Toledo, que se llama La Mata y se hospedaban en la posada, que también estaba ubicada en la plaza.

Para los que entonces éramos niños ver llegar a los tostoneros con sus tartanas tiradas por reatas de mulas era un motivo de gran alegría porque era el preludio de fiesta, y para nosotros la feria era eso, una gran fiesta.

Para nosotros -los niños-
la feria era una fiesta,
y estábamos tan contentos,
por no acudir a la escuela.
Íbamos de puesto en puesto,
íbamos de tienda en tienda,
como Pedro por su casa,
como cabra sin cencerra,
íbamos a por castañas,
y después a la churrera,
las cambiábamos por churros,
uno por cada docena,
pero siempre le metíamos,
alguna que estaba hueca,
luego después nos reíamos,
al hacer esa faena,
porque además las castañas,
no eran tampoco nuestras,
porque muchachos granujas,
también había en la feria.

Y hablando de granujas o de pillos, no me resisto a contarles una anécdota, una gamberrada, o como queramos llamar a esto. Y lo hago con la certeza de que en aquel caso, sí hubo algún tipo de delito, al cabo de sesenta y cinco años ya ha prescrito.

Además con las leyes que hay ahora, no pasaría de ser una graciosa chiquillada Como ya hemos dicho anteriormente, los tostoneros traían toda clase de frutos secos y de golosinas, y entre esas golosinas estaban las almendras, tostadas, blancas, garrapiñadas…¡ay las almendras garrapiñadas! ¡Que amargas me supieron!

Todas estas cosas estaban al alcance de nuestros ojos, pero no de nuestros bolsillos. Para que se hagan ustedes una idea, les diré que mis padres nos daban a mis hermanos y a mi, una “perra gorda” o lo que es lo mismo, diez céntimos de peseta, y con eso teníamos que apañarnos toda la feria.

Yo me la gastaba el primer día de la feria, con lo cual, después me tiraba todo el resto de la feria al verlas venir. Mis hermanos en cambio tenían la fuerza de voluntad de guardarse la “perra gorda” y hasta el último día de la feria no se la gastaban, y de vez en cuando se la sacaban del bolsillo y me la enseñaban para darme envidia.

En eso se parecían a mi padre, que siempre compraba un paquete de almendras de cada clase, tostadas, blancas y garrapiñadas, y hasta que no había acabado la feria no nos las enseñaba siquiera, y después de terminada la feria y los tostoneros ya se habían ido a su pueblo, era cuando las sacaba y no las comíamos entre todos.

A los muchachos que se juntaban conmigo les sucedía lo mismo que a mi, que no tenían una gorda, y nos pasábamos mucho tiempo contemplando todas esas golosinas, que como ya he dicho antes estaban al alcance de nuestros ojos, pero no de nuestros bolsillos.

Y así fue como pudimos comprobar, que una de las hijas de los tostoneros sacaba de debajo de la mesa una lata con almendras garrapiñadas, e iba reponiendo las que anteriormente había vendido, después volvía a meter la lata debajo de la mesa y no la volvía a sacar hasta que no lo precisaba.

Aquel descubrimiento fue para nosotros como una luz para poder comer almendras garrapiñadas sin costarnos una “perra gorda”. El primer paso ya estaba dado, sabíamos donde estaban las almendras, y de nuestra astucia y valor dependía lo demás y decidimos por unanimidad, que mientras que uno se agachaba con cualquier pretexto, los demás le arroparíamos, el levantaría un poco la tela que cubría la mesa, metería la otra mano en la lata y cogería un puñado.

Y después a comérnoslas entre todos, aunque acordamos que cada vez fuese uno distinto él que pusiese “el cascabel al gato”.

La estratagema dio el resultado apetecido, y así fuimos comiendo almendras garrapiñadas por la mañana y por la tarde, durante los cuatro días que ya habían transcurridos de feria. Pero como dice el refrán “tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe” también se rompió nuestra buena suerte.

Era ya el último día de la feria, y aún quedábamos algunos muchachos del grupo que no habíamos metido la mano en la lata, y después de algunas discusiones, echamos a suerte y me tocó a mi ser el que tenía que meter la mano. Los tostoneros debieron de notar la falta de almendras, y apartaron de allí la lata y en su lugar colocaron otra lata con sebo negro, que era el que utilizaban para engrasar los ejes y rodamientos de sus tartanas.

Nosotros ignorantes de todo aquello, nos acercamos al puesto lo mismo que otras veces, mis amigos me rodearon, yo me agaché con el pretexto de meterme la sandalia, con mucho miedo y con fuertes latidos de mi corazón levanté un poco la tela con la mano izquierda y metí la mano derecha en la lata, y cual no sería mi sorpresa cuando en vez de almendras, encontré una cosa blanda y pegajosa.

Rápidamente me incorporé y pude comprobar, lo mismo que mis amigos, que tenía el brazo casi hasta el codo pringado de sebo negro y pegajoso.

Sin decir ni una palabra salimos todos corriendo, pero yo llevaba en mi brazo escrita la prueba de mi delito. Enfilamos la calle de la Feria en dirección a la Nava, que era en donde estaba la feria del ganado, pero como los males nunca vienen solos, el segundo mal vino cuando uno de mis amigos, que corría detrás de mi me pisó en el talón arrancándome la sandalia del pie izquierdo; esas sandalias estaban hechas de goma reciclada y eran tan malas que algunas veces se rompían el mismo día de su estreno, pero era lo que había entonces, y mis padres me las habían comprado el primer día de la feria.

Con el pisotón de mi amigo, la sandalia, que como ya he dicho antes era de muy mala calidad, quedó rasgada e inservible, así que, con un pie calzado y otro descalzo, no paramos de correr hasta el lavandero, atravesando todo el mercado del ganado.

Allí mis amigos me intentaron ayudar a lavarme, pero ni por esas, el sebo era tan pegajoso que solo consiguieron que mi ropa quedara inservible. Así pasé del dulce sabor de las almendras garrapiñadas, al amargo sabor de verme descalzo y con la ropa para tirarla y con el temor de la tormenta que se iba a formar cuando llegase a casa.

Aquella noche me demoré todo lo que pude en llegar a casa, pero al final no tuve mas remedio que regresar, y lo que pasó después mejor no contarlo. Pero sí les diré que de los tres paquetes de almendras que mi padre tenía guardados para comerlas el día después de terminada la feria, no probé ninguna.

Pero a pesar de ese accidente, de ese recuerdo tan amargo, quedan otros muchos recuerdos de la feria muy bonitos y yo sigo añorando tanto la Feria de los Santos, que no puedo resistirme a terminar este artículo de esta manera:

De la feria de los santos,
¿Qué adradense no se acuerda?
¡ay la feria de los santos!
¡Quien pudiera! Quien pudiera!
¡Retornar a la niñez,
y que la feria volviera!

 

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