Primer Señor del Valle del Tiétar y poderoso personaje, ligado durante unos cuantos años del siglo XV con la villa de La Adrada, que como valido de Juan II alcanzó un inmenso poder ejerciendo en la práctica la auténtica autoridad del rey, en una época plagada de confabulaciones feudales.


Escudo de armas de Álvaro de Luna

Pocos nobles hubo en la Castilla medieval tan poderoso y brillante como D. Alvaro de Luna.
Nació en Cañete (Cuenca), hijo ilegítimo de don Álvaro Martínez de Luna, copero mayor de Enrique III y de una mujer de humilde condición social, llamada María de Cañete. Procedía por parte de padre, de una de las más ilustres familias aragonesas, como era la Casa de Luna. Don Pedro de Luna, arzobispo de Toledo, que fue el papa Benedicto XIII, considerado antipapa, era tío-abuelo de don Álvaro, y doña María de Luna, reina de Aragón, prima de su padre.


Escudo de armas de D. Álvaro de Luna, a la entrada del castillo de La Adrada

La influencia de Benedicto XIII le consiguió la entrada en la corte castellana como doncel de Juan II, de quien se ganó la confianza. Era de porte distinguido, brillante con las armas, buen jinete, excelente cazador , culto, discreto, reservado y muy ambicioso.

El joven Luna supo captar el cariño del rey niño y la admiración de la Corte. Las lucha nobiliarias durante el comienzo del reinado de Juan II sirvieron de trampolín a Álvaro de Luna, siempre a la sombra, pero siempre mentor del rey.

El marqués de Lozoya, en su “Historia de España” (Tomo II, págs. 349 y siguientes), refiriéndose a Juan II dice, que el rey se había hecho cargo de la gobernación del reino a los catorce años, y que comenzó a gobernar en la mera apariencia, pues ” estaba dotado de excelentes cualidades como hombre, pero carecía de todas las que son necesarias a un rey”. No reunía, pues las precoces cualidades de su padre, y para sostener entre sus súbditos la ficción de su gobierno personal se formó en Segovia un consejo de quince miembros. Todas estas precauciones resultaron baldías ante el poder que don Álvaro infundía al rey.

Puede decirse, sin temor a equivocarse, que la voluntad del condestable fue la auténtica autoridad del rey, manteniendo ésta en Castilla y siendo el paladín de la lucha que en Europa mantenían los soberanos. Fue un hábil político y luchador infatigable contra las pretensiones de los nobles, especialmente los aragoneses. Después de los incidentes históricos de Montalbán, se hizo crecer al máximo el prestigio y poder de don Álvaro.

Álvaro de Luna, condestable de Castilla, asumió la representación de un poder real fuerte y centralizado, aliado de la burguesía urbana, al que se enfrentaron la oligarquía castellana y los infantes de Aragón. La contienda fue larga y cruenta, llegando a sufrir el condestable dos destierros (1427 y 1441), hasta que fue procesado y decapitado en Valladolid (1453) a los 63 años de edad.

Lienzo de Eduardo Cano de la Peña, que muestra la exposición pública del cadáver decapitado
de D.Álvaro de Luna. (Museo del Prado)

De Don Alvaro de Luna hablaron poetas, cronistas, estudiosos y académicos. Leyendas, cuentos, fábulas y mitologías populares…

Siempre ha sido, desde hace más de cinco siglos, una referencia obligada al mentar la Edad Media. De don Alvaro de Luna decía así Juan de Mena en su “Laberinto de Fortuna”:

“Éste caualga sobre la Fortuna
y doma su cuello con ásperas riendas;
aunque d`el tenga tan muchas de prendas,
ella non le osa tocar ninguna;
míralo, míralo, en plática alguna,
¿cómo, indiscreto, y tú no conosçes
al condestable Álvaro de Luna?.

 

Pero quizás sean los breves y hondos versos de Jorge Manrique en las “Coplas a la muerte de su padre” donde se estremece el lector ante la realidad cruda de su vida y muerte:

“Pues aquel gran Condestable
maestre que conosçimos
tan privado
no cumple que dél se fable,
sino sólo que lo vimos
degollado;
sus infinitos tesoros
sus villas y sus lugares
su mandar
¿qué le fueron sino lloros?,
¿qué fueron sino pesares
al dexar?”

Los restos de Álvaro de Luna descansan junto a los de su segunda esposa Juana Pimentel, «La Triste Condesa» en la capilla de Santiago de La Catedral de Toledo.

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